Longboard en Bogotá

Por: @nervioso 

Fue desconcertante enterarme que existía una escena del longboard en Bogotá. En ningún lugar de esta gris ciudad encajaba la utopía californiana de chicas bronceándose en la playa y veinteañeros fumando marihuana y/o bebiendo cerveza al ritmo de algún ritmo surf rock atemporal, escenario que se le viene a la cabeza a más de uno cuando le hablan del deporte extremo practicado sobre la tabla gigante. Ese mismo día, cuando me llevaron al Parque Nacional a ver como un grupo de personas se tiraba carretera abajo a una velocidad alarmantemente alta, derrapando, dando curvas de 45 grados y en ocasiones estrellándose contra barreras de contención de metal llegué a dos imprescindibles conclusiones:

1.    Estos manes tienen huevos de acero.
2.    Esto no es California, pero se hace lo que se puede.

Dicen que toda esta costumbre de pararse en un pedazo de madera con ruedas nació en Hawaii en los años 50 (se extendería rápidamente a California posteriormente en la misma década). Cuando las olas no eran “surfeables” los surfistas practicaban sus movimientos con estas tablas que habían sido modificadas para poder ser utilizadas sobre tierra firme, en ese entonces le llamaban “Sidewalk Surfing” algo así como “surfeo de acera”.

 

Es extraño ver como los deportes evolucionan más allá de su entorno, de los límites sociológicos y geográficos bajo los cuales fueron concebidos. Un deporte creado con el explícito propósito de mejorar las habilidades de los jóvenes que montaban olas en un entorno paradisiaco situado en país del primer mundo llega a un país del tercer mundo en una ciudad ubicada a 2.600 metros sobre el nivel del mar y es practicado por jóvenes que viven rodeados de un caos urbano. Cuando estas cosas suceden el deporte cambia de forma radical, en mi opinión lo convierten en algo más hardcore, y precisamente eso fue lo que vi esa noche, algo fuerte, la constatación del lema de un amigo: Punk’s not dead. 

El longboarding en Bogotá es un deporte con una base de practicantes reducida, pero en rápida ascensión. Se reunen mínimo 2 veces a la semana en la parte superior del Parque Nacional de Bogotá, en una carretera empinada llena de curvas y peligros “naturales” como lo son la oscuridad, carros que van pasando sin percatarse de los deportistas y hasta jaurías de perros callejeros que rondan la zona. El parche de longboarding tiene permiso de la Alcaldía para hacer esto, y patrullas de policía pasan esporádicamente a revisar como van las cosas.

El equipo de Negro Robot asistió a esta cita gracias a la introducción de nuestro amigo Alejo Ranchez, un talentoso exponente de este deporte y miembro de la familia extendida de Negro Robot®. Llegamos en carro hasta el inicio del recorrido a eso de las 10:00 p.m, donde algunos skaters convencionales (entiéndase los de las tablas pequeñas que uno está acostumbrado a ver en la calle) ya se estaban alistando. Nos contaron que ellos suelen lanzarse sin protecciones y aunque la velocidad que una skateboard puede alcanzar no es comparable a la que alcanza una longboard, el cráneo sigue siendo de hueso, orgánico, frágil contra las cosas duras, es bastante peligroso caer sobre él a cualquier velocidad. 

De todas maneras, nadie quiere ver tragedias aquí, mucho menos si esto implica la revocación del permiso para practicar el deporte en este lugar. Entre los skaters veo a una chica que probablemente no tiene más de 16 años, sin pensarlo se lanza, sus amigos le siguen y se pierden rápidamente en la oscuridad (esta parte del Parque Nacional no está particularmente bien iluminada).

Foto: Daniele Sereventi Amaya

 

Alejo se baja del carro y se pone sus protecciones (casco, rodilleras, guantes) sin titubear se lanza, nosotros le seguimos en el carro. Alcanza una velocidad sorpresivamente alta en poco tiempo, en las curvas se agacha y derrapa usando sus manos, las cuales están protegidas por unos guantes especiales con refuerzos plásticos (pucks). Justo antes de la primera curva veo el acelerador del carro el cual me dice que vamos a 45 KM/H… Alejandro va unos metros más adelante de nosotros y nos coge distancia poco a poco. Encontramos a los skaters que vimos antes, los pasamos sin dificultad. Finalmente llegamos a una gran curva, rodeada de carros y gente, mucha gente, tenemos que parar para parquear, Alejandro hace un derrape y se pierde detrás de una curva unos 50 metros más adelante.

 

 

Nos bajamos del carro y empezamos a hacer lo nuestro: flotar por ahí estudiando a la gente y tomando fotos, ya después los skaters y riders (así se hacen llamar algunos de los que practican el longboard) se acostumbran a nuestra presencia. Muchos de los riders solían dedicarse a practicar skate exclusivamente, después lo abandonaron. Algunos de los skaters practican los dos deportes, pero se dedican más al street skating en general.

 

El longboarding tiene varias disciplinas, entre ellas se encuentran el Slalom (obstáculos):

 

 

Freeride (trucos):

 

 

Downhill (el que presenciamos esa noche)

 

y Dancing (trucos vieja escuela)

Cada una de estas disciplinas cuenta con su modelo de tabla específicamente diseñado para desempeñarse en su estilo. Así que vimos toda clase de tablas.


Empezamos a entrevistar gente. Afortunadamente todo quedó en vídeo, pues no recuerdo muy bien el nombre de nadie. Lo que si recuerdo es que había buena actitud y disposición para contarnos lo que estaban haciendo y la escena que están construyendo en Colombia.

Entrevistamos a los promotores del longboard y del skate; comerciantes de tablas, accesorios y ropa en diferentes sectores de la ciudad. Entre ellos, nos encontramos a una gloria del skateboarding nacional: El Marras a quien le pedimos una entrevista. Nos muestra unos trucos y aunque no todos le salen bien, a nadie le importa, chiflan y aplauden. Todos quieren al Marras.

 

 

Vuelven a bajar los riders, ya me habían dicho que Alejandro era bastante talentoso. Lo cierto es que hace poco lo patrocinaron y va a competir por toda Latinoamérica con la ayuda de este sponsor.

En esta ocasión, uno de los riders pierde el control y se estrella contra una barrera de contención metálica y hace un fuerte ruido. Eso debió haber dolido! y aparentemente así fue, el tipo sale medio cojeando y cabizbajo pero salvando cara. En este deporte hay que ser rudo por que las caídas son terribles, una cosa es darse contra el pavimento y otra es darse contra el pavimento a 60 km/h se tengan protecciones o no, el impacto siempre dolerá y magullará algo en el cuerpo. Esa noche no pasó nada realmente grave, en parte por el profesionalismo que tiene esta gente a la hora de caer, por que también hay que saber cómo caer para salir bien librado del impacto.

 

 

Foto: Daniele Serventi Amaya

 

Siguen bajando en intervalos de 10 minutos, grupos de entre 5 y 10 riders.  A eso de las 12:30 todos están molidos, pero los hay los que quieren seguir bajando unas cuantas rondas más; parecen niños o borrachos, la última cerveza, el último nivel antes de apagar la Play Station e irse a dormir.

Casi olvido mencionar que habían chicas, con un nivel bastante alto, y con más huevos que usted y yo. Tampoco puedo callar que eran bastante guapas, todas. Ellas son las primeras en tirar la toalla por hoy. Eventualmente todos se van, los que tienen carros procuran acercar a sus amigos a sus hogares, no es que sea el lugar más seguro de Bogotá a la 1 de la mañana.

Entonces, en primer lugar y como decía antes, lo que está claro es que esta gente tiene huevos de acero. No creo que deba repetir el por qué. En segundo lugar, sí, esto no es California, pero encuentro más mérito en lo que estos criollos hacen. Para ellos todo es más difícil y costoso que en California. Es más complicado conseguir las tablas y más caras de comprar, hay menos lugares para practicar este deporte, no hay chicas en bikini para alegrar la vista, hace frío, puede ser inseguro salir del Parque Nacional a esa hora con una tabla y accesorios tan caros, no hay mucho patrocinio y los horarios son extenuantes. Esto sólo se puede lograr hacer bien, con un inmenso amor al deporte y siendo un punk. En estos tiempos de socialbacanería e hipsterismo desbocado, eso es de admirar.

 

Foto: Daniele Serventi Amaya

 

 

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